Inicio de Pimavera

Cae la noche como un manto de felpa negro en las planicies asoladas por los áridos vientos de un clima seco provenientes del norte.

Al ver el inmenso cielo cuajado de las más bellas y titilantes estrellas, oler el suave aroma de las nacientes flores y escuchar los cánticos melodiosos de las aves nocturnas quienes en conjunto con los misteriosos sonidos de diversos insectos armonizan las más impresionantes melodías alguna vez imaginadas por alguna mente humana, no hago más que estremecerme al palpar el poder del Creador del Universo.

Es comienzo de primavera. La vida se abre paso luego de un invierno desolador. Todo parecía muerto; pero ahora todo parece resurgir nuevamente.

Al iniciar las horas sagradas del Sábado, vienen a mi mente hermosos pasajes de la Biblia, donde uno de los más grandes poetas que ha conocido la humanidad; el rey David, expresa la majestad de una naturaleza, aunque caída, todavía muestra rastros de una mano poderosa creadora de los cielos y la tierra.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus dedos”.

Esa mano poderosa, que rige los destinos del universo; que otorga vida después de la muerte, desea hoy transformar nuestras vidas y moverlas del árido desierto a fuentes donde brotan ríos de agua viva.

Nuestra alma agrietada por la resequedad del pecado y la transgresión, resurge de la muerte al toque de esa mano poderosa y reverdece trayendo árboles frondosos cargados de los frutos del Espíritu Consolador.

Es tiempo de permitir que el calor del Espíritu Santo toque la superficie árida de nuestro corazón y lo transforme, trayendo consigo los más finos y delicados aromas de las flores espirituales y lleguemos a ser grato perfume, agradable a Él.

Es nuestra oración que el Espíritu Santo pueda tocar nuestras vidas hoy. ¿Le permitirás entrar hoy en tu corazón?

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